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Una profesora rural abrió su casa para dar apoyo escolar y sus alumnos la sorprendieron con una visita

4 noviembre, 2026
in Sociedad
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La celebración de los 110 años de una escuela rural terminó con una visita inesperada. Decenas de chicos recorrieron en bicicleta las calles de Empalme San Carlos, en Santa Fe, para saludar a Claudia Chamudis, la profesora que cada semana recibe a los alumnos en su casa y los ayuda con las tareas.

La llegada estuvo acompañada por gritos, saludos y muestras de afecto. La escena quedó en el recuerdo de la docente y también en un video que después se compartió en las redes sociales.

Claudia tiene 54 años, es profesora de Lengua y enseña en institutos terciarios y universidades. Desde hace un tiempo, además, ofrece su casa como espacio de apoyo escolar para los chicos de la escuela rural.

Lo que comenzó con unos pocos alumnos que necesitaban aprender a leer o practicar inglés fue creciendo. Hoy, a cada encuentro suelen asistir entre 12 y 13 chicos de distintas edades.

La profesora está habituada al entusiasmo de sus alumnos, pero dijo que esta sorpresa fue especial. En su casa, además de hacer las tareas, cocinan, cuidan la huerta, juegan al ajedrez y se llevan libros prestados. “Me encanta ser docente”, admite Claudia.

La actividad se organizó el viernes, cuando la escuela N° 312 Fray Justo Santa María de Oro, de Empalme San Carlos, celebró sus 110 años con una propuesta para los alumnos. “El viernes me llama Tamara, la directora de la escuela, y me dice: ‘Vamos a hacer una bicicleteada para recorrer el pueblo y queremos pasar por tu casa’”, cuenta Claudia.

La docente no esperaba que los chicos fueran a saludarla. “Me quedé pendiente y, mientras hablaba con una vecina, empecé a escuchar que me llamaban. Cuando salí, había 70 chicos con sus bicicletas. Fue hermoso, son divinos”, recuerda.

El gesto la llenó de felicidad. “El jueves había estado bastante tristonga y al otro día llegan estos con esa alegría desbordante. Te cargan las pilas, me emocionan, me dan mucha alegría”, relata.

Los alumnos llegaron junto con sus maestras y una payasa contratada para la celebración. “En los pueblos chiquitos, cuando la escuela o una institución cumple años, es una fiesta para toda la comunidad”, afirma Claudia.

El cariño de los chicos forma parte de su rutina: los ve todas las semanas. “Estoy acostumbrada porque, en realidad, un par de veces por semana abro mi casa para que vengan a hacer la tarea y reciban apoyo escolar”, explica.

Empezó a dar clases en su casa cuando en la comunidad supieron que era profesora de Lengua. Dos alumnos necesitaban ayuda: uno quería aprender a leer y otra chica requería apoyo con el inglés. Claudia aceptó acompañarlos y, a partir de las recomendaciones de boca en boca, se sumaron más chicos. “Yo no le iba a decir que no a nadie, entonces se fueron sumando y hoy por hoy vienen grupos de 12 o 13 chicos”, cuenta.

Los encuentros duran unas dos horas y tienen una dinámica propia. Como los alumnos son de distintas edades, trabajan en grupos, como ocurre en las escuelas rurales con plurigrado. Primero hacen las tareas que les asignan sus maestros y luego repasan los contenidos que necesitan reforzar. “La idea es que ellos sientan que la escuela es importante, que la tarea hay que hacerla y lo que dice la seño hay que hacerlo”, explica.

Entre las historias que atesora, Claudia destaca la de Luhan, uno de los más pequeños, que encontró una manera particular de reconocer los días de la semana. “Aprendió que ya eran los miércoles porque son los días que ‘hay Claudia’”, cuenta. La madre del nene le relató que el año pasado él preguntaba si al día siguiente era miércoles y, cuando le confirmaban que sí, relacionaba el día con la visita a la casa de la profesora. “A mí eso me derrite”, reconoce.

Además de ayudarlos con las actividades escolares, Claudia procura que su casa sea un lugar para compartir otras experiencias. Los chicos cocinan, trabajan en la huerta, aprenden a hacer compost, juegan al ajedrez y pueden llevarse libros de una pequeña biblioteca. También la visitan amigos de la docente para enseñarles distintas actividades. “Yo tengo la ventaja de que no tengo que ponerles nota, no tengo que acreditar. Tengo la parte más liviana: el juego y el disfrute”, dice.

Para Claudia, una parte importante de ese espacio es observar los avances de los chicos y cómo descubren sus capacidades. “Vos los ves cuando empiezan a leer y se empiezan a dar cuenta de que entienden lo que leen, y es hermoso”, resume.

El espacio nació con las puertas de su casa abiertas para dar apoyo escolar. Con el tiempo, se convirtió también en un lugar al que los alumnos vuelven para saludarla, incluso cuando no tienen tareas que hacer.

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La llegada estuvo acompañada por gritos, saludos y muestras de afecto. La escena quedó en el recuerdo de la docente y también en un video que después se compartió en las redes sociales.

Claudia tiene 54 años, es profesora de Lengua y enseña en institutos terciarios y universidades. Desde hace un tiempo, además, ofrece su casa como espacio de apoyo escolar para los chicos de la escuela rural.

Lo que comenzó con unos pocos alumnos que necesitaban aprender a leer o practicar inglés fue creciendo. Hoy, a cada encuentro suelen asistir entre 12 y 13 chicos de distintas edades.

La profesora está habituada al entusiasmo de sus alumnos, pero dijo que esta sorpresa fue especial. En su casa, además de hacer las tareas, cocinan, cuidan la huerta, juegan al ajedrez y se llevan libros prestados. “Me encanta ser docente”, admite Claudia.

La actividad se organizó el viernes, cuando la escuela N° 312 Fray Justo Santa María de Oro, de Empalme San Carlos, celebró sus 110 años con una propuesta para los alumnos. “El viernes me llama Tamara, la directora de la escuela, y me dice: ‘Vamos a hacer una bicicleteada para recorrer el pueblo y queremos pasar por tu casa’”, cuenta Claudia.

La docente no esperaba que los chicos fueran a saludarla. “Me quedé pendiente y, mientras hablaba con una vecina, empecé a escuchar que me llamaban. Cuando salí, había 70 chicos con sus bicicletas. Fue hermoso, son divinos”, recuerda.

El gesto la llenó de felicidad. “El jueves había estado bastante tristonga y al otro día llegan estos con esa alegría desbordante. Te cargan las pilas, me emocionan, me dan mucha alegría”, relata.

Los alumnos llegaron junto con sus maestras y una payasa contratada para la celebración. “En los pueblos chiquitos, cuando la escuela o una institución cumple años, es una fiesta para toda la comunidad”, afirma Claudia.

El cariño de los chicos forma parte de su rutina: los ve todas las semanas. “Estoy acostumbrada porque, en realidad, un par de veces por semana abro mi casa para que vengan a hacer la tarea y reciban apoyo escolar”, explica.

Empezó a dar clases en su casa cuando en la comunidad supieron que era profesora de Lengua. Dos alumnos necesitaban ayuda: uno quería aprender a leer y otra chica requería apoyo con el inglés. Claudia aceptó acompañarlos y, a partir de las recomendaciones de boca en boca, se sumaron más chicos. “Yo no le iba a decir que no a nadie, entonces se fueron sumando y hoy por hoy vienen grupos de 12 o 13 chicos”, cuenta.

Los encuentros duran unas dos horas y tienen una dinámica propia. Como los alumnos son de distintas edades, trabajan en grupos, como ocurre en las escuelas rurales con plurigrado. Primero hacen las tareas que les asignan sus maestros y luego repasan los contenidos que necesitan reforzar. “La idea es que ellos sientan que la escuela es importante, que la tarea hay que hacerla y lo que dice la seño hay que hacerlo”, explica.

Entre las historias que atesora, Claudia destaca la de Luhan, uno de los más pequeños, que encontró una manera particular de reconocer los días de la semana. “Aprendió que ya eran los miércoles porque son los días que ‘hay Claudia’”, cuenta. La madre del nene le relató que el año pasado él preguntaba si al día siguiente era miércoles y, cuando le confirmaban que sí, relacionaba el día con la visita a la casa de la profesora. “A mí eso me derrite”, reconoce.

Además de ayudarlos con las actividades escolares, Claudia procura que su casa sea un lugar para compartir otras experiencias. Los chicos cocinan, trabajan en la huerta, aprenden a hacer compost, juegan al ajedrez y pueden llevarse libros de una pequeña biblioteca. También la visitan amigos de la docente para enseñarles distintas actividades. “Yo tengo la ventaja de que no tengo que ponerles nota, no tengo que acreditar. Tengo la parte más liviana: el juego y el disfrute”, dice.

Para Claudia, una parte importante de ese espacio es observar los avances de los chicos y cómo descubren sus capacidades. “Vos los ves cuando empiezan a leer y se empiezan a dar cuenta de que entienden lo que leen, y es hermoso”, resume.

El espacio nació con las puertas de su casa abiertas para dar apoyo escolar. Con el tiempo, se convirtió también en un lugar al que los alumnos vuelven para saludarla, incluso cuando no tienen tareas que hacer.
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