La mayor parte del telescopio se desintegró por el calor generado durante su paso por la atmósfera. Aun así, algunos componentes de tungsteno, un metal más denso que el plomo, y partes del espejo resistieron y llegaron a la superficie terrestre.
El fin de Swift cerró una misión científica que superó con creces las expectativas iniciales. El observatorio fue lanzado el 20 de noviembre de 2004 para estudiar los estallidos de rayos gamma y las supernovas, dos de los fenómenos más energéticos del universo. Aunque su misión estaba prevista para apenas dos años, siguió operativo durante más de dos décadas.
“Sabíamos que este día llegaría desde antes de que se lanzara Swift. Al menos en la órbita baja terrestre, lo que sube tiene que bajar. Y ese final es catastrófico”, explicó John Nousek, astrónomo de la Universidad Estatal de Pensilvania y director del equipo de control del observatorio.
En los últimos años, la actividad solar intensificó la caída de la órbita del telescopio. Las tormentas solares elevan la densidad de las capas superiores de la atmósfera y aumentan la resistencia que afecta a los objetos en órbita, lo que hace que pierdan altura con mayor rapidez.
Ante esa situación, hace un año la NASA contrató a la empresa privada Katalyst Space para intentar recuperar el observatorio. La compañía construyó un robot de tres brazos, llamado Link, que debía acercarse a Swift y realizar una maniobra para elevar su órbita. Pero la nave tuvo dificultades después de su lanzamiento, en julio, y nunca logró aproximarse a menos de 12 o 15 kilómetros del telescopio. En septiembre, Link también reingresó en la atmósfera terrestre.
Tras el fracaso del operativo, Swift reanudó sus observaciones y siguió detectando estallidos de rayos gamma y otros fenómenos astronómicos. Sin embargo, hacia fines de octubre su órbita ya era demasiado baja para continuar trabajando y la NASA apagó sus sistemas.
En sus 22 años de funcionamiento, el observatorio registró más de 2000 estallidos de rayos gamma y unas 1400 estrellas en explosión. También observó cometas, asteroides y agujeros negros. Una de sus capacidades más destacadas era la rapidez con la que podía girar para apuntar hacia un fenómeno astronómico recién detectado; de allí su nombre, que significa rápido en inglés.
Esa característica convirtió a Swift en una especie de primer respondiente para otros observatorios espaciales, como los telescopios Hubble y James Webb. El aparato detectaba sucesos de alta energía y enviaba alertas para que otros instrumentos pudieran estudiarlos con mayor profundidad.
La comunidad científica busca ahora cómo cubrir ese vacío. “Nuestra ferviente esperanza es que las lecciones aprendidas gracias a los éxitos de Swift puedan aplicarse a nuevas generaciones de misiones espaciales para acelerar nuestros descubrimientos sobre el universo”, escribió Nousek en un correo electrónico.
El futuro del Hubble
El final de Swift también pone de relieve el desafío de prolongar la vida útil de los observatorios espaciales. La NASA analiza propuestas de empresas privadas para extender el funcionamiento del telescopio Hubble, cuya órbita también pierde altura por efecto de la actividad solar.
Lanzado en 1990, el Hubble podría reingresar en la atmósfera terrestre hacia mediados de la década de 2030, según análisis recientes. La agencia estudia opciones para elevar su órbita, modernizar sus sistemas o, si no fuera posible mantenerlo operativo, dirigir su descenso de manera controlada.
A diferencia de lo ocurrido con el intento de rescate de Swift, la NASA considera que aún tiene tiempo para evaluar distintas alternativas. Cualquier misión para intervenir sobre el Hubble debería llevarse a cabo antes de 2032.
“El Hubble todavía tiene mucha ciencia por realizar y deberíamos estar analizando toda oportunidad razonable para que siga rindiendo durante el mayor tiempo posible”, afirmó Jared Isaacman, administrador de la NASA.








