Los psicoanalistas Ornella Benedetti y Santiago Silberman, cofundadores de Redpsi, explican que estos microvínculos, también llamados “lazos débiles”, cumplen una función central: contribuyen a crear comunidad, atenúan la soledad y fortalecen la pertenencia.
No son relaciones profundas ni amistades íntimas, sino contactos breves que ordenan la rutina y vuelven más llevadero el día a día. “Son pequeñas costuras sociales que mantienen unido el tejido de la vida diaria”, explicaron los especialistas.
Estos vínculos surgen en escenas habituales: al saludar al encargado del edificio, conversar unos minutos con un compañero de trabajo o encontrarse con un comerciante del barrio. Su importancia cambia según la etapa de la vida.
“En la vejez, muchas veces, estos vínculos son los principales, y a veces los único, intercambios presenciales”, advirtieron los psicoanalistas. La falta de esos contactos puede intensificar el aislamiento, incluso entre quienes conservan relaciones íntimas estables.
El sociólogo estadounidense Ray Oldenburg acuñó la idea de “tercer lugar” para referirse a espacios distintos de la casa y el trabajo donde nacen relaciones sociales informales. Cafés, bares, plazas, clubes y comercios barriales permiten encuentros espontáneos y favorecen estos lazos.
En esos sitios, las personas llegan a reconocerse, saludarse y compartir momentos de su rutina, aunque sepan poco de la vida de los demás. De ese modo se forma una red que contribuye al bienestar y a la integración comunitaria.
Para las personas mayores, perder contactos cotidianos puede tener efectos importantes. Un estudio de 2022 publicado en The Journals of Gerontology: Series B halló que los adultos mayores sienten menos soledad durante los momentos en que mantienen interacciones presenciales, incluso si son breves.
Una investigación de 2024 sobre envejecimiento y bienestar examinó los efectos del aislamiento social y de la percepción de ser ignorado por la edad. En ese escenario, los microvínculos pueden ayudar a que las personas mayores se sientan reconocidas y valoradas dentro de su comunidad.
Los especialistas señalan que la pérdida de estos intercambios no produce efectos inmediatos, pero puede debilitar las redes sociales y aumentar la soledad, incluso entre quienes tienen una vida social activa en internet. Reponer esos gestos no exige grandes cambios: basta con saludar, mirar a quien nos atiende o dedicar unos minutos a conversar con alguien del barrio.
La importancia de estos lazos también aparece en distintos estudios. Una investigación publicada en 2014 en Personality and Social Psychology Bulletin encontró una asociación entre interactuar con conocidos o personas con quienes no existe intimidad y experimentar más bienestar y sentido de pertenencia.
Otro trabajo publicado ese mismo año en Journal of Experimental Psychology concluyó que quienes conversan con desconocidos durante un viaje disfrutan más el trayecto que quienes permanecen en silencio, aunque muchos esperaban sentirse incómodos.
La tecnología, sin embargo, modificó las formas de relacionarse. Comprar por celular, pagar en cajas de autoservicio o pedir un viaje mediante una aplicación redujo los encuentros espontáneos. Para Benedetti y Silberman, el reto no consiste en rechazar la tecnología, sino en decidir qué espacios de encuentro humano se quieren conservar. “Cuando desaparecen los grandes vínculos, el dolor es evidente, pero cuando se apagan los más pequeños, el mundo se vuelve un lugar más frío”, concluyeron.








