El escenario actual es diferente al de aquella etapa. Las tasas continúan en niveles positivos en términos reales y el acceso al financiamiento responde principalmente a la necesidad de adelantar gastos, más que al atractivo de tomar deuda. En el sector consideran poco probable que se repita el salto que tuvo el crédito durante el período anterior.
La mayor cautela también modificó las decisiones de los consumidores y de los propios bancos. Después de haber endurecido considerablemente las condiciones para otorgar préstamos durante buena parte de 2025 y el primer semestre de 2026, las entidades comenzaron a flexibilizar de manera progresiva sus políticas crediticias a medida que la morosidad dejó de deteriorarse.
El fenómeno es interpretado dentro del sistema financiero como un cambio en la forma en que las familias administran su endeudamiento, más que como una crisis económica tradicional. Durante años de inflación elevada, los consumidores se habían acostumbrado a que el peso de las cuotas disminuyera con el paso del tiempo. Ese comportamiento perdió vigencia bajo el nuevo escenario macroeconómico.
El aumento de los incumplimientos también tuvo consecuencias sobre la actividad bancaria. El deterioro de las carteras de individuos llevó a restringir el otorgamiento de préstamos, elevar las refinanciaciones y aumentar las previsiones destinadas a cubrir el riesgo crediticio.
El costo del crédito para el sistema financiero rondaría este año el 11%, frente al 2% o 3% que representaba antes del fuerte incremento de la morosidad. Si bien este aumento en las previsiones no puso en riesgo la solvencia de las entidades, sí redujo la rentabilidad de sus operaciones.
El segmento más afectado fue el de los préstamos personales. En cambio, el financiamiento destinado a grandes empresas y multinacionales vinculadas con sectores como energía, minería y otros proyectos de inversión mantuvo un ritmo de crecimiento importante. Ese desempeño permitió compensar parcialmente la menor actividad de la banca minorista.
Con la morosidad ahora más estabilizada, los bancos comenzaron a recuperar parte de la disposición para prestar, aunque bajo criterios más estrictos que los que prevalecían durante el auge de 2024 y comienzos de 2025. La expectativa es que las carteras vuelvan a crecer, pero con un ritmo considerablemente menor y con consumidores más selectivos al momento de asumir nuevas obligaciones.
La normalización, de todos modos, podría extenderse durante varios años. Las proyecciones del sector indican que la morosidad continuaría descendiendo durante 2027 y recién entre fines de ese año y comienzos de 2028 podría acercarse a niveles considerados normales, en torno al 6% o 7%, similares a los registrados en otros países de la región.
El escenario que se abre, por lo tanto, combina una reducción gradual de la morosidad con un costo del crédito que también tenderá a converger hacia un nuevo equilibrio. La recuperación de los préstamos personales no se plantea como un regreso a las condiciones previas, sino como una expansión más cautelosa y sostenida sobre nuevas pautas de endeudamiento.








